La izquierda vuelve a tropezar con la misma piedra, y esta vez lo hace en Aragón. Con el cierre del plazo para registrar coaliciones, se confirma lo que muchos temían: Chunta, Podemos e IU junto con Sumar concurrirán por separado, cada uno por su lado, como si el adversario no estuviera enfrente sino en la mesa de al lado. Tres listas distintas para un mismo espacio político que, en teoría, aspiraba a sumar fuerzas.
La izquierda vuelve a tropezar con la misma piedra, y esta vez lo hace en Aragón. Con el cierre del plazo para registrar coaliciones, se confirma lo que muchos temían: Chunta, Podemos e IU junto con Sumar concurrirán por separado, cada uno por su lado, como si el adversario no estuviera enfrente sino en la mesa de al lado. Tres listas distintas para un mismo espacio político que, en teoría, aspiraba a sumar fuerzas.
Más allá de las siglas, el problema es el mensaje que se lanza al electorado. ¿Cómo se puede pedir el voto apelando a la unidad, al entendimiento y al bien común cuando ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo entre ellos? La sensación es la de un proyecto más pendiente de sus batallas internas que de ofrecer soluciones reales a los problemas de la gente.
Este desorden no surge de la nada. Tiene mucho que ver con una forma de hacer política impulsada desde arriba, con un presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que lejos de cohesionar a la izquierda, ha contribuido a fragmentarla aún más. Pactos puntuales, equilibrios forzados y estrategias a corto plazo han terminado pasando factura en los territorios.
Al final, quien paga el precio de esta división es la propia izquierda y, por extensión, el país. La dispersión de esfuerzos debilita su posición y refuerza la idea de que falta un rumbo claro. Mientras sigan más ocupados en repartirse el espacio que en construir un proyecto común, será difícil que recuperen la credibilidad perdida.