La reciente afirmación de Donald Trump de que ha devastado gran parte del poder nuclear de Irán ha desatado, como era de esperar, una reacción inmediata de Teherán, que no ha tardado en advertir que contraatacará antes de volver a sentarse a negociar. Un escenario inquietante que vuelve a colocar al mundo ante el peligroso juego de tensiones entre dos potencias acostumbradas a rozar la línea roja sin mucho pudor.
La reciente afirmación de Donald Trump de que ha devastado gran parte del poder nuclear de Irán ha desatado, como era de esperar, una reacción inmediata de Teherán, que no ha tardado en advertir que contraatacará antes de volver a sentarse a negociar. Un escenario inquietante que vuelve a colocar al mundo ante el peligroso juego de tensiones entre dos potencias acostumbradas a rozar la línea roja sin mucho pudor.
No se trata solo de palabras altisonantes o bravatas de campaña. Estamos hablando de armas nucleares, de terrorismo de Estado y de la posibilidad real de que este tipo de arsenales caigan en manos de fanáticos sin nada que perder. Y ahí, más allá de simpatías ideológicas o filias diplomáticas, no caben medias tintas: hay que seguir y acabar con los terroristas y con cualquier régimen que juegue con la bomba como si fuera un juguete de feria.
La comunidad internacional no puede permitirse mirar hacia otro lado. Si algo ha enseñado la historia reciente es que la pasividad y el buenismo solo alimentan a quienes ven en la violencia una herramienta legítima para imponer su voluntad. Irán, con su historial de represión interna, su apoyo a milicias radicales y su obsesión nuclear, no es precisamente un socio fiable para la estabilidad mundial.
Esto no significa justificar cualquier intervención a ciegas ni celebrar guerras preventivas como soluciones mágicas. Pero sí implica actuar con firmeza, con inteligencia y sin ingenuidad. Porque una negociación solo tiene sentido cuando quien se sienta enfrente no lleva una bomba bajo la mesa.
En tiempos como estos, no se puede ser tibio. La amenaza nuclear en manos de descerebrados no admite titubeos. Y aunque Trump no sea el paladín que uno elegiría para llevar la bandera de la paz, en este pulso, lo importante no es el mensajero, sino frenar el desastre antes de que sea irreversible.