Es indignante, frustrante y, sobre todo, una muestra clara del fracaso de los Estados implicados. La muerte de dos agentes de la Guardia Civil en el puerto de Barbate a manos de un narco marroquí no es solo un trágico accidente, es el símbolo de una guerra perdida por la dejadez de dos gobiernos: el de España y el de Marruecos. Han pasado meses desde el suceso y, a pesar de que la Guardia Civil ha localizado a Karim Gabarde, el conductor de la lancha que acabó con la vida de nuestros agentes, Rabat sigue jugando al despiste, alegando "desconocimiento" del paradero de este criminal. ¿De verdad esperan que creamos tal desfachatez?
Es indignante, frustrante y, sobre todo, una muestra clara del fracaso de los Estados implicados. La muerte de dos agentes de la Guardia Civil en el puerto de Barbate a manos de un narco marroquí no es solo un trágico accidente, es el símbolo de una guerra perdida por la dejadez de dos gobiernos: el de España y el de Marruecos. Han pasado meses desde el suceso y, a pesar de que la Guardia Civil ha localizado a Karim Gabarde, el conductor de la lancha que acabó con la vida de nuestros agentes, Rabat sigue jugando al despiste, alegando "desconocimiento" del paradero de este criminal. ¿De verdad esperan que creamos tal desfachatez?
La realidad es que Marruecos, con Mohamed VI al mando, ha demostrado ser un estado cómplice cuando se trata de proteger a sus grandes narcotraficantes. Gabarde, como muchos otros, goza de inmunidad gracias a sus conexiones familiares y lealtades al régimen. Su tío, un jefe del narcotráfico bien conectado en los círculos de poder de Rabat, lo protege. Y mientras tanto, Mohamed VI cierra los ojos, permitiendo que los criminales hagan y deshagan a su antojo en un país que debería colaborar con la justicia internacional, pero que parece más interesado en preservar su fachada de aliado estratégico.
El gobierno español, por su parte, no queda exento de culpa. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que Marruecos nos ningunee y proteja a los asesinos de nuestros agentes? ¿Cómo es posible que, con toda la información proporcionada y con la Guardia Civil agotando cada recurso, no se ejerza la presión política suficiente para garantizar que este criminal sea arrestado? Las tibias respuestas desde Madrid reflejan una debilidad que no solo ofende a las familias de los agentes caídos, sino que también pone en peligro la seguridad nacional. No es un tema de diplomacia delicada: es una cuestión de justicia.
Estamos viendo, una vez más, cómo el narcotráfico se beneficia de la indiferencia de los poderosos. Mientras España mantiene una relación de conveniencia con Marruecos, basada en acuerdos migratorios y comercio, parece que las vidas de los agentes que luchan en primera línea contra el crimen no tienen el peso suficiente en las mesas de negociación. Esta situación pone en duda el verdadero compromiso de ambos países en la lucha contra el narcotráfico y deja un mensaje claro: si tienes contactos con los que debes tenerlos, tu impunidad está garantizada.
El rey de Marruecos, Mohamed VI, puede seguir aparentando estabilidad y modernización ante la comunidad internacional, pero los hechos demuestran que su gobierno está plagado de corrupción y complicidad con el crimen organizado. Y mientras tanto, el gobierno de España se muestra incapaz de exigir responsabilidades claras y contundentes. La Guardia Civil, con razón, ha perdido la paciencia, pero quienes deberían haberla perdido hace tiempo son los dirigentes políticos que, desde sus cómodos despachos, miran hacia otro lado.
La captura de Karim Gabarde no solo es necesaria por justicia, sino para restaurar la dignidad de un cuerpo que ha sido humillado.