Lo de Alvise ya roza el esperpento. El tipo que iba de justiciero, que se hartó de señalar con el dedo y venderse como el azote del sistema, ahora está hasta las cejas en un caso de supuesta corrupción. ¿Ironía? No. Hipocresía en estado puro. Porque no hay nada más repulsivo que quien predica moral desde un pedestal podrido.
Lo de Alvise ya roza el esperpento. El tipo que iba de justiciero, que se hartó de señalar con el dedo y venderse como el azote del sistema, ahora está hasta las cejas en un caso de supuesta corrupción. ¿Ironía? No. Hipocresía en estado puro. Porque no hay nada más repulsivo que quien predica moral desde un pedestal podrido.
Según la Fiscalía, recibió un pastizal en efectivo —100.000 euros, casi nada— de un empresario cripto metido en chanchullos. Y cuando se le pregunta, responde tan pancho que fue un “trabajo profesional” sin factura, como si eso fuera algo normal. O sea, que además de presunta financiación ilegal, tenemos a un eurodiputado reconociendo fraude fiscal sin despeinarse. ¿Dónde quedó esa pureza que vendía a gritos en redes?
Pero no acaba ahí. Cuando la cosa se pone fea, Alvise no da explicaciones: acusa. Dice ahora que hay sobornos de lobbies en su grupo del Parlamento Europeo. Sin pruebas, sin vergüenza. El guion de siempre: cuando le pillan, inventa conspiraciones. Porque en su mundo todo el que no le aplaude es corrupto, comprado o parte del “sistema”.
Es hora de que dejemos de tratar a estos vendedores de humo como fenómenos políticos y empecemos a llamarlos por lo que son: oportunistas sin principios. Alvise no ha venido a limpiar nada. Ha venido a servirse del mismo sistema al que dice odiar, pero que le paga el sueldo, las dietas y, al parecer, también alguna que otra campaña en B.
Y lo más triste es que aún hay quien se lo traga. Pero ya va siendo hora de despertar: detrás del discurso incendiario solo hay un ego desbocado y una ambición de poder que no entiende de ética ni de legalidad.