Pedro Sánchez repite que no hay corrupción generalizada en España y que, por tanto, no ve motivo para adelantar elecciones. Pero esa explicación, tan limpia en lo político, cada vez encaja peor con lo que mucha gente siente en la calle: ruido constante, casos que aparecen un día sí y otro también, y una sensación de que el ambiente político no termina de calmarse nunca.
Pedro Sánchez repite que no hay corrupción generalizada en España y que, por tanto, no ve motivo para adelantar elecciones. Pero esa explicación, tan limpia en lo político, cada vez encaja peor con lo que mucha gente siente en la calle: ruido constante, casos que aparecen un día sí y otro también, y una sensación de que el ambiente político no termina de calmarse nunca.
Y claro, cuando eso se alarga en el tiempo, la confianza se resiente. No hace falta ser jurista ni analista para notar que algo no cuadra cuando el debate público está siempre girando alrededor de investigaciones, filtraciones o polémicas que afectan, directa o indirectamente, al Gobierno o a su entorno. Al final, la política también se mide por sensaciones, no solo por comunicados.
En ese contexto, la pregunta de por qué no se devuelven las urnas empieza a repetirse con más fuerza. No por capricho, sino porque mucha gente entiende que, cuando la situación se enreda tanto, lo más limpio sería dejar hablar a los ciudadanos. Seguir como si nada pasara puede ser legal, sí, pero no siempre es lo más prudente desde el punto de vista político.
También ha generado bastante malestar el tono con el que a veces se cuestionan investigaciones de la UCO, de la Policía o decisiones judiciales que están en marcha. Es delicado, porque una cosa es defenderse políticamente y otra muy distinta poner en duda el trabajo de instituciones que deberían estar al margen del ruido partidista. Ahí es fácil cruzar una línea peligrosa.
Y al final todo se resume en algo bastante simple: un país no puede vivir permanentemente en la sospecha ni en la bronca. Si la situación es tan sólida como se dice, quizá no habría problema en comprobarlo en las urnas. Y si no lo es, seguir estirando la legislatura solo alarga una tensión que, tarde o temprano, termina pasando factura.