La muerte de Antonio Tejero cierra un capítulo incómodo de nuestra historia reciente, pero no apaga el debate. Para muchos será siempre el hombre del tricornio y el “¡Quieto todo el mundo!”; para otros, una pieza más de un engranaje mucho más grande. Con el paso del tiempo, la figura se desdibuja y aparece una pregunta incómoda: ¿fue únicamente el villano de la película o también un hombre empujado, manipulado y utilizado por intereses que lo superaban?
La muerte de Antonio Tejero cierra un capítulo incómodo de nuestra historia reciente, pero no apaga el debate. Para muchos será siempre el hombre del tricornio y el “¡Quieto todo el mundo!”; para otros, una pieza más de un engranaje mucho más grande. Con el paso del tiempo, la figura se desdibuja y aparece una pregunta incómoda: ¿fue únicamente el villano de la película o también un hombre empujado, manipulado y utilizado por intereses que lo superaban?
No se trata de blanquear responsabilidades. Intentar un golpe de Estado es un ataque frontal a la democracia, y eso no admite matices. Pero tampoco conviene caer en el relato simplón de buenos y malos perfectamente definidos. En aquellos años convulsos, España era un hervidero político, con tensiones dentro y fuera de los cuarteles, y con actores de muy distinto signo moviendo fichas en la sombra. Pensar que todo fue obra de un único iluminado sería, cuanto menos, ingenuo.
Hay quien sostiene que Tejero fue engañado y adoctrinado, que le hicieron creer que actuaba por el bien del país mientras otros calculaban costes y beneficios desde la retaguardia. Puede sonar a excusa barata, pero la historia está llena de personajes utilizados como arietes y luego abandonados a su suerte. Cuando las cosas salen mal, el peón cae y los estrategas desaparecen del tablero.
Preferimos el relato cómodo antes que asumir que en la política —también en la de la Transición— hubo maniobras poco edificantes en varios frentes. Quizá la muerte de Tejero no cambie nada, pero al menos debería invitarnos a revisar la historia con menos consignas y más espíritu crítico.
Al final, más allá del personaje y de sus actos, lo que queda es una lección: la democracia es frágil cuando se alimenta de fanatismos y medias verdades. Y eso, hoy como ayer, debería preocuparnos bastante más que el destino individual de quien acabó pagando el precio más alto en los tribunales y en la memoria colectiva.