Cada semana aparece un nuevo escándalo político y cada semana los ciudadanos sienten un poco más de vergüenza ajena. La decisión de la Audiencia Nacional de ordenar el bloqueo de hasta 490.780 euros de Zapatero y de otras cuentas relacionadas con la presunta trama de Plus Ultra vuelve a golpear la ya destrozada imagen de la clase política española. Y lo peor no es solo la noticia en sí, sino que ya casi nadie se sorprende. La corrupción, las imputaciones y las investigaciones judiciales se han convertido en paisaje habitual.
Cada semana aparece un nuevo escándalo político y cada semana los ciudadanos sienten un poco más de vergüenza ajena. La decisión de la Audiencia Nacional de ordenar el bloqueo de hasta 490.780 euros de Zapatero y de otras cuentas relacionadas con la presunta trama de Plus Ultra vuelve a golpear la ya destrozada imagen de la clase política española. Y lo peor no es solo la noticia en sí, sino que ya casi nadie se sorprende. La corrupción, las imputaciones y las investigaciones judiciales se han convertido en paisaje habitual.
Resulta indignante comprobar cómo quienes deberían dedicarse a proteger el interés general terminan, demasiadas veces, señalados por aprovechar su posición para beneficiar a amigos, familiares o a sí mismos. Da igual el color político. Se mire hacia donde se mire, aparecen casos turbios, enchufes, favores y dinero público moviéndose en despachos mientras millones de ciudadanos hacen malabares para llegar a fin de mes.
La sensación de abandono es cada vez mayor. La sanidad se deteriora, la vivienda es inaccesible para muchos jóvenes, las familias sufren con el precio de la cesta de la compra y los servicios públicos pierden calidad año tras año. Mientras tanto, parte de la clase política vive instalada en un mundo paralelo, blindada por asesores, privilegios y discursos vacíos que ya no convencen a nadie.
Lo más grave de todo es el daño que esto provoca a la confianza democrática. Porque cuando los ciudadanos perciben que las instituciones están llenas de sospechas y que quienes mandan solo se preocupan de mantenerse en el poder o enriquecerse, crece el desencanto y la rabia social. Y esa fractura puede terminar siendo mucho más peligrosa que cualquier escándalo económico.
España necesita políticos que entiendan que gobernar es servir, no servirse. Pero a día de hoy cuesta encontrar ejemplos que devuelvan la fe en unas instituciones que parecen atrapadas en una cadena interminable de escándalos, imputados y presuntas corruptelas. La ciudadanía está cansada, y con razón.