Las palabras de Gabriel Rufián sobre José Luis Rodríguez Zapatero han dejado una imagen bastante clara del nivel de deterioro político que vive España. Cuando un portavoz parlamentario resume un asunto tan grave diciendo “si esto es verdad, es una mierda; y si es mentira, es una mierda aún mayor”, lo que demuestra no es brillantez política, sino el agotamiento absoluto del discurso público.
Las palabras de Gabriel Rufián sobre José Luis Rodríguez Zapatero han dejado una imagen bastante clara del nivel de deterioro político que vive España. Cuando un portavoz parlamentario resume un asunto tan grave diciendo “si esto es verdad, es una mierda; y si es mentira, es una mierda aún mayor”, lo que demuestra no es brillantez política, sino el agotamiento absoluto del discurso público.
Rufián intentó jugar a estar indignado y prudente al mismo tiempo. Una mezcla extraña entre juez improvisado y víctima emocional. Dice que a mucha gente de izquierdas “le rompe el corazón”. Pero quizá el verdadero problema no es sentimental, sino político. Porque llevamos años viendo cómo los partidos convierten cualquier investigación en una conspiración o en una condena anticipada según convenga al relato del día.
También resulta curiosa esa especie de clasificación moral que hizo el portavoz de ERC, asegurando que otros expresidentes “se lo merecen mucho más”. Como si la corrupción, el tráfico de influencias o cualquier sospecha grave dependieran del carnet ideológico de cada uno. La justicia no debería funcionar por simpatías políticas ni por balances históricos de afinidad.
España necesita menos frases virales y más responsabilidad institucional. Menos teatrillo en el Congreso y más respeto por la inteligencia de los ciudadanos. Porque convertir la política en un concurso de ocurrencias gruesas puede dar titulares durante unas horas, pero deja un panorama desolador para cualquiera que todavía espere un mínimo de seriedad pública.