Vuelven las protestas del sector primario, y no por capricho. En Córdoba, agricultores hartos salen a la calle; en el mar, la flota pesquera amarra para hacerse oír. El mensaje es sencillo: las normas de la UE, sumadas a acuerdos como Mercosur, aprietan tanto que ya no dejan respirar. Mientras aquí se exige cada vez más, fuera se compite con reglas más laxas. Y así, el campo y el mar sienten que juegan un partido con el árbitro en contra.
Vuelven las protestas del sector primario, y no por capricho. En Córdoba, agricultores hartos salen a la calle; en el mar, la flota pesquera amarra para hacerse oír. El mensaje es sencillo: las normas de la UE, sumadas a acuerdos como Mercosur, aprietan tanto que ya no dejan respirar. Mientras aquí se exige cada vez más, fuera se compite con reglas más laxas. Y así, el campo y el mar sienten que juegan un partido con el árbitro en contra.
Los pescadores lo explican sin rodeos: auditar digitalmente cada captura puede sonar moderno en un despacho, pero en un barco es una “asfixia burocrática” inviable. El tiempo que se pierde tecleando es tiempo que no se pesca, y el error administrativo se paga como si fuera un delito ambiental. No se niegan a cuidar el mar; se niegan a que el cuidado se convierta en un laberinto de formularios.
En tierra pasa algo parecido. Las políticas verdes llegan con buenas intenciones, pero sin botas manchadas de barro. “El escritorio vs. el surco” resume el choque: quien legisla imagina explotaciones ideales; quien produce lidia con sequías, costes y mercados globales. Si además se abren las puertas a productos de terceros países sin las mismas exigencias, el mensaje es demoledor.
La pregunta final incomoda, pero es necesaria: ¿estamos legislando para un mundo que no sabemos alimentar? Cuidar el planeta es imprescindible, sí, pero hacerlo de espaldas a quienes lo trabajan es un error caro. Sin campo y sin mar no hay transición verde que valga; solo estanterías vacías y un enfado que, como vemos, ya ha desbordado.