Andalucía ha dejado de ser, definitivamente, el refugio electoral histórico del socialismo español. Las últimas elecciones autonómicas vuelven a confirmar una realidad política que hace apenas una década parecía impensable: el centro-derecha no solo gobierna la comunidad, sino que ha conseguido consolidar una mayoría social estable y transversal.
Andalucía ha dejado de ser, definitivamente, el refugio electoral histórico del socialismo español. Las últimas elecciones autonómicas vuelven a confirmar una realidad política que hace apenas una década parecía impensable: el centro-derecha no solo gobierna la comunidad, sino que ha conseguido consolidar una mayoría social estable y transversal.
El triunfo del PP no puede explicarse únicamente por la figura de Juanma Moreno. Existe también un desgaste profundo del PSOE andaluz, incapaz de reconstruir un proyecto reconocible ni de conectar emocionalmente con un electorado que durante años lo consideró casi patrimonio político de la comunidad. La izquierda llega fragmentada, sin liderazgo sólido y más centrada en sus diferencias internas que en construir una alternativa creíble.
Pero el dato más relevante quizás sea otro: Vox ya no es un fenómeno pasajero. Su crecimiento en determinadas provincias demuestra que ha sabido capitalizar parte del malestar social, especialmente en asuntos relacionados con inmigración, campo, burocracia y desencanto político.
Estas elecciones reflejan una Andalucía mucho más plural, menos previsible y sociológicamente distinta a la de hace veinte años. El viejo mapa político andaluz ha desaparecido. Y, salvo reacción profunda de la izquierda, todo indica que el nuevo ciclo conservador ha llegado para quedarse.