El manifiesto de Jordi Sevilla no cae del cielo ni llega por capricho. Es, más bien, un aviso a navegantes dentro del PSOE, una llamada a frenar y pensar cuando muchos sienten que el rumbo actual conduce a un callejón sin salida. Sevilla pide debate, autocrítica y menos consignas, algo que en cualquier partido sano debería sonar a música celestial.
El manifiesto de Jordi Sevilla no cae del cielo ni llega por capricho. Es, más bien, un aviso a navegantes dentro del PSOE, una llamada a frenar y pensar cuando muchos sienten que el rumbo actual conduce a un callejón sin salida. Sevilla pide debate, autocrítica y menos consignas, algo que en cualquier partido sano debería sonar a música celestial.
Porque el llamado “sanchismo” se ha convertido, para no pocos socialistas, en un modelo cerrado sobre sí mismo, donde discrepar es casi un deporte de riesgo. La figura de Pedro Sánchez concentra poder, relato y decisiones, dejando poco margen a la pluralidad interna que históricamente dio fuerza al partido. Y eso, en política, suele pasar factura antes o después.
No es solo Jordi Sevilla quien levanta la voz. Otros pesos pesados del socialismo, con experiencia de gestión y arraigo territorial, comparten el hartazgo, aunque algunos lo expresen con más cautela. Entre ellos destaca Emiliano García-Page, que lleva tiempo marcando perfil propio y recordando que gobernar también es escuchar, incluso cuando molesta.
El problema no es debatir, sino no hacerlo. Cuando un partido se acostumbra al aplauso automático y al miedo a discrepar, pierde conexión con la calle y con sus propias bases. El manifiesto de Sevilla no es una rebelión, es una advertencia: sin debate interno, no hay proyecto sólido ni futuro creíble.
Quizá aún esté a tiempo el PSOE de mirarse al espejo sin enfados ni etiquetas. Abrir el melón del debate no debilita; al contrario, fortalece. Ignorarlo, en cambio, puede salir mucho más caro que asumir que algo no está funcionando como debería.