Ha tenido que ocurrir una catástrofe para que, por fin, veamos a todas las administraciones remando en la misma dirección. El trágico accidente de tren en la zona de Adamuz, con 42 personas fallecidas, ha sacudido conciencias y ha obligado a dejar a un lado siglas, reproches y cálculos políticos. Demasiado dolor para algo que debería ser normal.
Ha tenido que ocurrir una catástrofe para que, por fin, veamos a todas las administraciones remando en la misma dirección. El trágico accidente de tren en la zona de Adamuz, con 42 personas fallecidas, ha sacudido conciencias y ha obligado a dejar a un lado siglas, reproches y cálculos políticos. Demasiado dolor para algo que debería ser normal.
En estas horas durísimas hemos visto coordinación, rapidez y cooperación entre instituciones de distinto color político. Se han activado recursos, atendido a las víctimas y acompañado a las familias con una eficacia que demuestra que, cuando se quiere, se puede. Y eso es precisamente lo que más duele: comprobar que la unidad es posible, pero casi siempre llega tarde.
Resulta inevitable preguntarse por qué esta manera de trabajar juntos solo aparece cuando el drama es irreversible. ¿De verdad hace falta una tragedia para priorizar a las personas? ¿No sería más sensato que esta colaboración fuese la regla y no la excepción, especialmente en asuntos que afectan a la seguridad, los servicios públicos o la vida cotidiana de la gente?
España no debería necesitar luto para encontrar acuerdos. Gobernar también es anticiparse, dialogar y pensar en el bien común incluso cuando no hay focos ni titulares dramáticos. Si algo nos deja esta tragedia, además del dolor, es una lección clara: la política útil es la que coopera siempre, no solo cuando ya no hay marcha atrás.