El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, asegura que la relación entre España y Marruecos atraviesa su mejor momento. Sin embargo, estas declaraciones, más que un reflejo de la realidad, parecen una venta ante los continuos desplantes del país vecino. Cada vez que Albares se sube a un atril, no faltan las palabras bonitas y las promesas de una cooperación ejemplar. Pero, ¿a quién quiere convencer? Desde este lado del Estrecho, la sensación es bien distinta.
El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, asegura que la relación entre España y Marruecos atraviesa su mejor momento. Sin embargo, estas declaraciones, más que un reflejo de la realidad, parecen una venta ante los continuos desplantes del país vecino. Cada vez que Albares se sube a un atril, no faltan las palabras bonitas y las promesas de una cooperación ejemplar. Pero, ¿a quién quiere convencer? Desde este lado del Estrecho, la sensación es bien distinta.
Marruecos no deja de ningunear a España, ya sea con sus pretensiones sobre Ceuta y Melilla, sus tibias respuestas en asuntos migratorios o el eterno tira y afloja por el Sahara Occidental. A pesar de ello, el Gobierno español insiste en mirar para otro lado, como si ignorar el problema lo hiciese desaparecer. Es fácil hablar de buenas relaciones cuando se evitan los temas espinosos y se priorizan las sonrisas para la foto. Pero esa estrategia tiene un límite.
Es innegable que Marruecos es un socio clave en cuestiones como la inmigración o el comercio, pero esa dependencia no puede justificar una actitud de sumisión. Los gestos importantes, y los mensajes de fuerza y firmeza también. España no puede permitirse estar siempre a la defensiva, mientras Rabat parece jugar con ventaja. ¿Es mucho pedir que se actúe con dignidad y se pongan límites claros?
Albares, con su tono conciliador y diplomacia de guante blanco, parece más preocupado por no molestar a su interlocutor que por defender los intereses de nuestro país. Es momento de cambiar el enfoque. La relación entre España y Marruecos no puede seguir basándose en unidireccionalidad y gestos simbólicos. Una buena vecindad implica respeto mutuo, no un perpetuo asentimiento a los deseos del otro.
España merece un gobierno que mire más por los intereses de su país que por mantener una apariencia de calma que, en el fondo, no convence a nadie. Marruecos ya ha dejado claro que juega sus cartas de manera implacable. Ahora nos toca a nosotros demostrar que sabemos hacer lo mismo, porque las relaciones internacionales no se construyen solo con palabras bonitas.