La revelación de los mensajes entre Carlos Mazón y Salomé Pradas en plena tragedia del 29 de octubre no solo hiela la sangre: retrata, de forma cruda, una manera de gobernar desconectada, frívola y profundamente irresponsable. En un día que acabaría con 230 vidas truncadas, el entonces president reaccionaba a alertas de emergencia con un lacónico “Cojonudo”. Cuesta imaginar una respuesta más incapaz de estar a la altura del momento.
La revelación de los mensajes entre Carlos Mazón y Salomé Pradas en plena tragedia del 29 de octubre no solo hiela la sangre: retrata, de forma cruda, una manera de gobernar desconectada, frívola y profundamente irresponsable. En un día que acabaría con 230 vidas truncadas, el entonces president reaccionaba a alertas de emergencia con un lacónico “Cojonudo”. Cuesta imaginar una respuesta más incapaz de estar a la altura del momento.
Porque aquí no hablamos de un mal cálculo político o de un matiz burocrático. Hablamos de una emergencia humanitaria en curso; de barrancos desbordándose, ancianos siendo evacuados, equipos de rescate reforzándose a contrarreloj. Y mientras la exconsellera describía el deterioro de la situación en Ribera Alta o Utiel, Mazón parecía más pendiente de su agenda social que de su responsabilidad institucional. A las horas clave, mientras el territorio se ahogaba, él estaba sentado en una comida que se extendió toda la tarde.
La ciudadanía tiene derecho a exigir explicaciones. ¿Dónde estaba el liderazgo cuando más falta hacía? ¿Quién tomó decisiones —si es que alguien lo hizo— mientras la emergencia escalaba? ¿Cómo se justifica que un president tarde casi nueve horas en aparecer en el Cecopi el día más trágico de la Comunidad Valenciana en décadas?
Es inevitable pensar que esta actitud no es un accidente aislado, sino el síntoma de un modo de ejercer el poder en el que la reacción llega tarde, la coordinación falla y la prioridad nunca está del lado de la gente. La gestión de la DANA no fue solo insuficiente: fue indolente, distante, desatenta. Y en emergencias así, la indolencia mata.
Si algo enseña esta catástrofe es que la responsabilidad institucional no admite distracciones, ni frivolidades, ni despreocupaciones disfrazadas de normalidad. La confianza pública se pierde más rápido de lo que sube un barranco desbordado. Y cuando se pierden 230 vidas, lo mínimo que merece la ciudadanía es responsabilidad, transparencia y altura. Justo lo que Mazón no ofreció.