Hay historias que uno lee dos veces porque no se cree la primera. Y esta, la del supuesto desfalco dentro del CNIO, el centro que debería ser símbolo de esperanza en la lucha contra el cáncer, es de esas que revuelven el estómago. No porque ya no sepamos que existe la corrupción, sino porque aquí hablamos de dinero destinado a ciencia, a pacientes, a futuro… y que, según una denuncia interna, acaba diluido en contratos dudosos, favores de despacho y chanchullos de manual.
Hay historias que uno lee dos veces porque no se cree la primera. Y esta, la del supuesto desfalco dentro del CNIO, el centro que debería ser símbolo de esperanza en la lucha contra el cáncer, es de esas que revuelven el estómago. No porque ya no sepamos que existe la corrupción, sino porque aquí hablamos de dinero destinado a ciencia, a pacientes, a futuro… y que, según una denuncia interna, acaba diluido en contratos dudosos, favores de despacho y chanchullos de manual.
Lo más grave no es solo que R.M. contratara a la empresa recién creada por su pareja para digitalizar papeles a precio de oro, ni que luego acabara trabajando él mismo en esa empresa mientras seguía “gestionando” desde la sombra. Lo verdaderamente sangrante es que, durante años, nadie pareciera querer mirar. Porque mientras Gedosol y luego otras empresas amigas iban ganándolo todo —y cobrándolo aún mejor—, el dinero público, ese que pagamos entre todos, se escurría por un sumidero de opacidad y presuntos sobrecostes difíciles de justificar.
Y aquí entra lo más triste: quienes intentaron poner orden, quienes cruzaron datos, revisaron facturas y tiraron del hilo, según el relato presentado ante la Fiscalía, terminaron despedidos. Eso sí: los mismos nombres que aparecen una y otra vez en las adjudicaciones siguen ahí, bien plantados en puestos clave. La sensación de impunidad es casi insultante. Como si vigilar el dinero de todos fuera una extravagancia y no una responsabilidad de primer nivel.
No sabemos en qué acabará la investigación, ni cuántos de esos millones presuntamente malgastados podrán recuperarse, ni si habrá consecuencias reales. Pero sí sabemos algo: cuando el dinero que falta es el de la ciencia —ese que nunca sobra—, el daño no es solo económico. Es un golpe a la confianza, a la ética pública y, sobre todo, a quienes esperan avances que quizá fueran un poco más rápidos si nadie hubiera estado jugando a gestor de “cajas B”.
Que cada cual saque sus conclusiones, pero lo que está claro es que si estas prácticas se confirman, no es que España tenga corruptos: es que algunos corruptos han tenido el descaro de tocar incluso la lucha contra el cáncer. Y eso, sinceramente, ya es de traca.