Israel ha lanzado un ataque masivo contra objetivos nucleares y lanzadores de misiles en Irán, eliminando además a buena parte de su cúpula militar. La noticia suena a final de partida, pero en realidad podría ser solo una nueva ronda de un conflicto que lleva décadas incubando rabia, odio y miedo. Lo que está en juego ahora no es solo la estabilidad de Oriente Medio, sino la posibilidad real de una guerra regional de grandes proporciones, con consecuencias imprevisibles para todos.
Israel ha lanzado un ataque masivo contra objetivos nucleares y lanzadores de misiles en Irán, eliminando además a buena parte de su cúpula militar. La noticia suena a final de partida, pero en realidad podría ser solo una nueva ronda de un conflicto que lleva décadas incubando rabia, odio y miedo. Lo que está en juego ahora no es solo la estabilidad de Oriente Medio, sino la posibilidad real de una guerra regional de grandes proporciones, con consecuencias imprevisibles para todos.
Hay quien celebra la operación israelí como un acto legítimo de defensa preventiva, sobre todo frente a un régimen como el iraní, que ha financiado grupos terroristas, reprimido brutalmente a su población y amenazado con borrar del mapa a sus enemigos. Pero el problema es que esta lógica —la de responder a la amenaza con más fuego— lleva años alimentando un ciclo sin fin que nadie sabe muy bien cómo frenar.
El régimen iraní, efectivamente, es todo menos inocente. Sostiene a Hezbolá, apoya a los hutíes, persigue a disidentes, y se agarra al poder a golpe de censura, represión y propaganda. Pero responder con bombas a un sistema basado en el fanatismo no siempre lo debilita; a veces lo refuerza. Y en medio de todo esto, como siempre, la población civil paga el precio más alto, tanto en Irán como en Israel, en Gaza o en el Líbano.
Lo que está en juego ahora no es solo la victoria de uno u otro bando, sino algo más profundo: si el mundo se encamina hacia una paz duradera basada en el respeto internacional y el diálogo —por más difícil que suene— o si nos resignamos a vivir con esta guerra crónica que ya ni siquiera escandaliza. La opción no es entre Irán o Israel, sino entre más sangre o más diplomacia.
Porque una cosa es combatir al terrorismo y otra muy distinta es normalizar el horror. Y eso último, por desgracia, ya parece un hecho.