El Gobierno ha aprobado, por fin, la subida salarial adicional del 0,5% para más de tres millones de empleados públicos. Una subida que, siendo sinceros, llega tarde y se queda corta. No es un regalo ni una concesión generosa: es el cumplimiento de un compromiso firmado y supeditado a la evolución de la inflación. Es decir, no es que se premie el esfuerzo de los trabajadores públicos, sino que apenas se intenta compensar —mínimamente— la pérdida de poder adquisitivo que vienen arrastrando desde hace años.
El Gobierno ha aprobado, por fin, la subida salarial adicional del 0,5% para más de tres millones de empleados públicos. Una subida que, siendo sinceros, llega tarde y se queda corta. No es un regalo ni una concesión generosa: es el cumplimiento de un compromiso firmado y supeditado a la evolución de la inflación. Es decir, no es que se premie el esfuerzo de los trabajadores públicos, sino que apenas se intenta compensar —mínimamente— la pérdida de poder adquisitivo que vienen arrastrando desde hace años.
Porque no se nos olvide: los empleados públicos han estado al pie del cañón en los peores momentos, desde las colas del paro hasta las plantas de los hospitales. Y lo han hecho muchas veces con salarios congelados, recursos escasos y plantillas reducidas. Por eso, este 0,5%, que llega con meses de retraso, sabe a poco y a parche. Se trata de una subida tan simbólica que apenas se notará en muchas nóminas. Una medida que debería haberse aplicado con más agilidad y ambición.
Es frustrante que haya que esperar a que el IPC lo justifique para que el Gobierno mueva ficha. Como si el esfuerzo de los trabajadores dependiera de una fórmula matemática y no del reconocimiento justo a su labor. En tiempos de inflación desbocada y precios al alza, mantener congelado el sueldo es, en la práctica, recortar. Y eso es lo que ha pasado: recortes silenciosos disfrazados de contención presupuestaria.
El sector público no puede seguir siendo la última rueda del carro cuando toca repartir. Si se exige responsabilidad, eficacia y compromiso a los trabajadores públicos, lo mínimo es retribuirlos con dignidad. Porque si no se valora su trabajo, se empobrece no solo su economía personal, sino la calidad de los servicios que reciben todos los ciudadanos.
Así que sí, bienvenida sea la subida. Pero también hay que decirlo claro: ya era hora, y encima es miserable.