No hay semana sin sobresalto en la política española, y esta vez, la noticia de que la ex de José Luis Ábalos ha reconocido en el Supremo que no trabajó pero sí cobró de dos empresas públicas es, sencillamente, vergonzosa. En un país donde la mayoría de los ciudadanos se levantan cada mañana para ganarse el pan con esfuerzo, enterarse de que hay quien cobra sin trabajar y, además, a costa del dinero público, resulta un insulto.
No hay semana sin sobresalto en la política española, y esta vez, la noticia de que la ex de José Luis Ábalos ha reconocido en el Supremo que no trabajó pero sí cobró de dos empresas públicas es, sencillamente, vergonzosa. En un país donde la mayoría de los ciudadanos se levantan cada mañana para ganarse el pan con esfuerzo, enterarse de que hay quien cobra sin trabajar y, además, a costa del dinero público, resulta un insulto.
El caso de Ábalos no es un hecho aislado, sino un eslabón más en la larga cadena de escándalos que rodea al Gobierno de Pedro Sánchez. Desde nombramientos a dedo hasta gestiones dudosas, parece que en Moncloa se ha instalado una preocupante falta de ética. Lo peor de todo es que, lejos de asumir responsabilidades, la estrategia sigue siendo la de mirar para otro lado, minimizar el problema o, peor aún, venderlo como algo normal.
Es evidente que la paciencia de los españoles tiene un límite. No se pueden pedir sacrificios, recortes o aumentos de impuestos mientras desde las altas esferas políticas se sigue permitiendo este tipo de privilegios. ¿De verdad alguien cree que la ciudadanía no se da cuenta? ¿Que no se indigna al ver cómo los de siempre se benefician de un sistema que debería ser justo para todos?
La realidad es que este Gobierno, plagado de promesas rotas y de escándalos continuos, ha perdido toda credibilidad. Lo más sensato, lo más honesto y, desde luego, lo más decente, sería que Sánchez y su equipo dimitieran en bloque. No se trata solo de una cuestión política, sino de dignidad institucional. España merece un Gobierno que esté a la altura, que dé ejemplo y que no haga de la picaresca su modo de vida.
La solución es clara: elecciones ya. Devolver la voz al pueblo y permitir que los ciudadanos elijan un nuevo rumbo. Porque, al final, la democracia no es solo votar cada cuatro años, sino tener la certeza de que quienes gobiernan lo hacen con honestidad y transparencia.