Hay días en los que la política española parece un juego de palabras bien ensayado, donde todo encaja demasiado perfecto para ser creíble. Cuando Pedro Sánchez habla de que lo de José Luis Ábalos, Santos Cerdán o Leire Díez son “casos de personas concretas que se aprovecharon de su posición”, la frase suena limpia, casi cerrada en sí misma. Pero fuera del atril, la gente no siempre lo recibe con esa misma limpieza.
Hay días en los que la política española parece un juego de palabras bien ensayado, donde todo encaja demasiado perfecto para ser creíble. Cuando Pedro Sánchez habla de que lo de José Luis Ábalos, Santos Cerdán o Leire Díez son “casos de personas concretas que se aprovecharon de su posición”, la frase suena limpia, casi cerrada en sí misma. Pero fuera del atril, la gente no siempre lo recibe con esa misma limpieza.
Porque claro, la teoría de los “casos aislados” funciona muy bien en una comparecencia, pero en la calle la sensación es otra. La gente escucha eso y piensa: ¿aislados de qué exactamente? ¿De un sistema, de un contexto, de una cadena de decisiones? O simplemente se usa esa etiqueta para no mirar demasiado cerca donde quema.
Y en ese “no mirar demasiado cerca” es donde el relato empieza a chirriar. Porque mientras se pone el foco en unos nombres, otros aparecen en el debate público con investigaciones, informaciones o controversias que siguen su curso, como es el caso de Begoña Gómez o David Sánchez. No se trata de mezclarlo todo ni de hacer un totum revolutum, pero sí de algo bastante básico: misma vara de medir, caiga quien caiga.
El problema no es solo lo que se explica, sino cómo se percibe lo que no se explica. Y ahí es donde muchos ciudadanos empiezan a desconectar, porque sienten que siempre hay un matiz nuevo según el día, el caso o el nombre.
Al final, lo que queda no es una explicación cerrada, sino una duda abierta. Y cuando la política se acostumbra a vivir en esa zona gris, corre el riesgo de que la gente deje de escuchar no porque no le importe, sino porque ya no le cree