El Congreso ha arrancado el nuevo curso político como era de esperar: entre broncas, reproches y votaciones que claman por elecciones anticipadas y la destitución de ministros que ya no sostienen ni el crédito ni la confianza pública. No es casualidad que el nombre de María Jesús Montero haya vuelto al centro del huracán, símbolo de una gestión errática y de un Gobierno más preocupado en sobrevivir a base de pactos y cesiones que en dar respuestas a los problemas reales de los ciudadanos.
El Congreso ha arrancado el nuevo curso político como era de esperar: entre broncas, reproches y votaciones que claman por elecciones anticipadas y la destitución de ministros que ya no sostienen ni el crédito ni la confianza pública. No es casualidad que el nombre de María Jesús Montero haya vuelto al centro del huracán, símbolo de una gestión errática y de un Gobierno más preocupado en sobrevivir a base de pactos y cesiones que en dar respuestas a los problemas reales de los ciudadanos.
Pedro Sánchez sigue en el poder a costa de hipotecar la estabilidad del país. Ha preferido abrazar acuerdos imposibles, con socios que cuestionan la unidad nacional y la legalidad misma, antes que asumir que su tiempo político se ha agotado. La política española no puede seguir girando en torno a las estrategias de un líder obsesionado con perpetuarse en La Moncloa aunque eso implique dividir a la sociedad y dejar sin resolver los problemas de fondo.
Los frentes abiertos son incontables: los problemas con la justicia, la crisis económica, tensiones territoriales, la factura migratoria que afrontan las ciudades fronterizas, el desgaste internacional tras los volantazos diplomáticos, y un clima social de hastío que no se tapa con propaganda. A todo ello se suma la desconfianza creciente hacia un Ejecutivo que gobierna a base de decretazos y que vive en campaña permanente, incapaz de construir consensos estables.
Cuando un país se encuentra con un presidente que convierte el poder en un ejercicio personalista, cualquier debate parlamentario se convierte en un espectáculo sin salida. Hoy el Congreso refleja lo mismo que siente la calle: un cansancio profundo, la sensación de que este Gobierno no solo no tiene respuestas, sino que además bloquea la posibilidad de un nuevo comienzo.
España necesita un cambio urgente, porque la parálisis actual es insostenible. Las votaciones de este inicio de curso son un aviso claro: cada día que Sánchez se aferra al sillón, aumenta el descrédito de nuestras instituciones. Y en democracia, lo que duele no es que caiga un Gobierno, lo que de verdad duele es que se prolongue innecesariamente su agonía.