Las declaraciones de Ione Belarra comparando al Papa con un ayatolá a cuenta de su próxima intervención en el Congreso representan uno de esos momentos en los que la política abandona el terreno de la crítica razonada para adentrarse en el de la provocación fácil. Se puede discrepar del Papa, de la Iglesia y de cualquiera de sus posiciones, pero recurrir a semejante comparación no eleva el debate; lo empobrece hasta extremos preocupantes.
