Otro minuto de silencio. Esta vez por una niña de 13 años asesinada por su propio padre. Y cuesta escribirlo sin que se encoja el alma. Él, después de arrebatarle la vida, se suicidó. Y nosotros, como sociedad, volvemos a mirar al suelo durante sesenta segundos, intentando digerir lo indigesto: que una menor, inocente, ha sido víctima de la violencia más cruel, la que se ejerce desde quien debía protegerla.

