Lo ocurrido en El Príncipe, donde agentes de la Policía Nacional fueron atacados por una multitud al intentar detener a un menor, es solo la punta del iceberg de una situación insostenible que lleva años cronificándose. No se trata de un incidente aislado, sino del reflejo de un barrio donde la ley apenas tiene presencia real y donde los servidores públicos —policías, sanitarios, bomberos, operarios de limpieza— se convierten en objetivos del descontrol y la violencia.
Lo ocurrido en El Príncipe, donde agentes de la Policía Nacional fueron atacados por una multitud al intentar detener a un menor, es solo la punta del iceberg de una situación insostenible que lleva años cronificándose. No se trata de un incidente aislado, sino del reflejo de un barrio donde la ley apenas tiene presencia real y donde los servidores públicos —policías, sanitarios, bomberos, operarios de limpieza— se convierten en objetivos del descontrol y la violencia.
Detrás de muchas familias trabajadoras que resisten con dignidad en El Príncipe, convive un grupo que ha hecho del incivismo su norma de vida. La barriada está sumida en el caos: pistoleros, vertederos improvisados, amenazas constantes a quien intenta poner orden, niños sin escolarizar, y una economía sumergida sostenida en parte por el hachís y la informalidad. No se paga luz, ni agua, ni impuestos. El plan de ordenación urbana es papel mojado. ¿Hasta cuándo vamos a mirar hacia otro lado?
Ceuta no puede permitirse que uno de sus barrios más poblados siga siendo una zona sin ley. La ausencia de autoridad real y de actuaciones firmes por parte de las instituciones está empujando a El Príncipe al abismo. No basta con enviar comunicados, prometer planes o celebrar reuniones. Hace falta presencia, inversión, intervención, y sí, si es necesario, una respuesta con toda la fuerza del Estado de derecho.
No hay excusa válida. El abandono institucional de El Príncipe es tan evidente como inadmisible. Mientras una minoría violenta campea a sus anchas, la mayoría honrada vive secuestrada en su propio barrio. La solución no será ni rápida ni sencilla, pero lo que sí está claro es que debe empezar ya. Ni un minuto más.
Porque cada día que pasa sin actuar es una derrota de la convivencia, de la legalidad y, en definitiva, de la democracia.
