La muerte de la mujer onubense ingresada tras el siniestro de Adamuz, que eleva la cifra de víctimas a 46, vuelve a recordarnos la magnitud de esta tragedia y la fragilidad de nuestra respuesta ante accidentes de esta envergadura. Cada número es una vida, una familia destrozada, y no hay justificación que atenúe el dolor ni la alarma social que provoca este incremento de víctimas.
