Durante años se repite el mismo discurso: vocación, sacrificio y orgullo de servir. Y no es mentira. Muchos soldados profesionales han dado lo mejor de sí, han cumplido órdenes y han defendido la bandera con convicción. El problema llega cuando el uniforme pesa más que el futuro y nadie les ha enseñado a quitárselo sin quedarse desnudos ante la vida civil.

