El cielo de Ceuta se convirtió en un cuento. Donde solemos ver estrellas distraídas, aparecieron los Reyes Magos dibujados por drones, flotando con una precisión que parecía milagro. No era solo tecnología: era ilusión compartida, esa que hace que miremos hacia arriba como niños aunque llevemos prisas y canas.
El cielo de Ceuta se convirtió en un cuento. Donde solemos ver estrellas distraídas, aparecieron los Reyes Magos dibujados por drones, flotando con una precisión que parecía milagro. No era solo tecnología: era ilusión compartida, esa que hace que miremos hacia arriba como niños aunque llevemos prisas y canas.
La visita del heraldo real terminó de ponerle voz a la espera. Con su mensaje solemne pero cercano, recordó que la magia no llega sola, que hay que saber escucharla. En las calles se notaba ese murmullo especial, ese “ya casi” que se cuela entre escaparates, luces y conversaciones al pasar.
Porque ya huele a regalo, sí, pero también a carbón. A ese carbón simbólico que nos guiña un ojo para que seamos un poco mejores. Y huele a camello, a camino largo, a paciencia y a noches frías atravesadas solo por la fe en llegar a tiempo.
Ceuta, por unas horas, volvió a creer sin complejos. Y quizá de eso va todo esto: de levantar la vista, compartir asombro y recordar que, mientras haya cielo y ganas de soñar, la magia siempre encuentra dónde posarse.
