Mi Rincón
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Durante años se repite el mismo discurso: vocación, sacrificio y orgullo de servir. Y no es mentira. Muchos soldados profesionales han dado lo mejor de sí, han cumplido órdenes y han defendido la bandera con convicción. El problema llega cuando el uniforme pesa más que el futuro y nadie les ha enseñado a quitárselo sin quedarse desnudos ante la vida civil.

Durante años se repite el mismo discurso: vocación, sacrificio y orgullo de servir. Y no es mentira. Muchos soldados profesionales han dado lo mejor de sí, han cumplido órdenes y han defendido la bandera con convicción. El problema llega cuando el uniforme pesa más que el futuro y nadie les ha enseñado a quitárselo sin quedarse desnudos ante la vida civil.

La realidad es tozuda: la mayoría entra joven, se acomoda a la rutina y no busca alternativas mientras el reloj avanza. Formación escasa fuera de lo militar, pocas salidas laborales claras y una confianza excesiva en que “algo saldrá”. Y cuando llegan los 45, la puerta se abre… pero para salir. A la calle, con un currículum que muchas empresas no saben leer.

Aquí hay una responsabilidad compartida. Por un lado, un sistema que vende estabilidad sin insistir de verdad en la reinserción laboral. Por otro, soldados que, quizá por miedo o comodidad, no aprovechan el tiempo para prepararse para el después. Porque decir “soy militar” no paga facturas cuando el contrato se acaba.

Querer a España también es exigirle que cuide mejor a quienes la han servido. Y servir a España implica pensar más allá del cuartel. El patriotismo no debería terminar a los 45, ni el futuro depender de la nostalgia del uniforme. Prepararse para el mañana no es traicionar lo que se fue; es honrarlo con inteligencia.

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Ceuta, Domingo 02 de Agosto del 2026

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