Otro año más y la historia se repite: en Ceuta no se ha vendido ni un solo número premiado, ni en la Lotería de Navidad ni en la del Niño. Pasan los sorteos, se apagan los bombos y aquí nos quedamos igual, mirando cómo la suerte vuelve a pasar de largo, como si nuestro nombre no estuviera en la lista.
Otro año más y la historia se repite: en Ceuta no se ha vendido ni un solo número premiado, ni en la Lotería de Navidad ni en la del Niño. Pasan los sorteos, se apagan los bombos y aquí nos quedamos igual, mirando cómo la suerte vuelve a pasar de largo, como si nuestro nombre no estuviera en la lista.
Lo más llamativo es que, aunque sí ha habido premios, todos han venido de fuera. Décimos comprados en otras ciudades, regalos de familiares o amigos, o números compartidos que viajaron antes que el premio. Alegría, sí, pero siempre con ese sabor agridulce de no haber sido protagonistas directos.
En la calle, el comentario es el de siempre: “aquí nunca toca”. Entre bromas y resignación, se va asentando la sensación de que Ceuta juega, participa y espera… pero rara vez celebra. Y eso, año tras año, termina pesando más de lo que parece.
No se trata solo del dinero, sino de la ilusión colectiva. De ver una administración local rodeada de cámaras, de compartir la alegría con vecinos y conocidos, de sentir que por una vez la fortuna también se acuerda de nosotros.
Quizá el próximo año cambie la racha, o quizá no. Pero mientras tanto, Ceuta sigue esperando su momento, con el décimo en la mano y la esperanza intacta, aunque la suerte, de momento, siga viniendo siempre de fuera.
