Nos vendieron la “frontera inteligente” como el gran salto al futuro. Cámaras biométricas, lectores automáticos, controles digitales y un sistema capaz de agilizar el paso en cuestión de segundos. Pero la realidad que están viviendo esta semana cientos de trabajadores transfronterizos, turistas y ceutíes en el Tarajal se parece más a un atasco permanente que a una revolución tecnológica. La escena de colas kilométricas bajo el sol deja una pregunta inevitable: ¿de qué sirve tanta modernidad si cruzar sigue siendo un suplicio?

