La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha vuelto a pulsar el botón de alarma, y esta vez el eco no debería encontrarse con la habitual indolencia burocrática. La declaración de una nueva emergencia global nos sitúa ante un escenario de vulnerabilidad que ya no admite debates teóricos, sino acciones quirúrgicas inmediatas. El foco de la amenaza biológica está perfectamente localizado en la República Democrática del Congo y Uganda, dos territorios que hoy concentran el epicentro de un brote con un potencial disruptivo alarmante. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, la distancia geográfica es una quimera peligrosa.

