La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha vuelto a pulsar el botón de alarma, y esta vez el eco no debería encontrarse con la habitual indolencia burocrática. La declaración de una nueva emergencia global nos sitúa ante un escenario de vulnerabilidad que ya no admite debates teóricos, sino acciones quirúrgicas inmediatas. El foco de la amenaza biológica está perfectamente localizado en la República Democrática del Congo y Uganda, dos territorios que hoy concentran el epicentro de un brote con un potencial disruptivo alarmante. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, la distancia geográfica es una quimera peligrosa.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha vuelto a pulsar el botón de alarma, y esta vez el eco no debería encontrarse con la habitual indolencia burocrática. La declaración de una nueva emergencia global nos sitúa ante un escenario de vulnerabilidad que ya no admite debates teóricos, sino acciones quirúrgicas inmediatas. El foco de la amenaza biológica está perfectamente localizado en la República Democrática del Congo y Uganda, dos territorios que hoy concentran el epicentro de un brote con un potencial disruptivo alarmante. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, la distancia geográfica es una quimera peligrosa.
Para Ceuta, esta alerta no es un teletipo lejano; es una llamada a la responsabilidad preferente.
Nuestra ciudad no es un territorio cualquiera. Nuestra singularidad geográfica nos convierte en la frontera sur de Europa, un enclave estratégico donde se cruzan flujos migratorios intensos y constantes. En un contexto de incremento de la presión migratoria, las autoridades sanitarias de Ceuta —tanto locales como delegadas— no pueden permitirse el lujo de esperar directrices tardías desde Madrid o Bruselas. La prevención debe empezar hoy, en nuestras propias costas y en el perímetro fronterizo.
Es imperativo que el Gobierno de la Ciudad Autónoma y la Delegación del Gobierno coordinen, de manera urgente, una estrecha vigilancia epidemiológica. Esto implica establecer protocolos específicos y rigurosos de cribado y control para todas aquellas personas que procedan de las zonas afectadas en África Central o que hayan estado en contacto directo con ellas. No se trata de alarmar a la población, sino de blindarla. Se trata de dotar a los servicios de atención primaria, al Hospital Universitario y a los centros de estancia temporal de las herramientas y directrices necesarias para detectar cualquier sintomatología a tiempo.
La lección de crisis sanitarias pasadas es nítida: el coste de la inacción siempre se paga en vidas y en el colapso de la economía local. Ceuta tiene la oportunidad —y la obligación moral— de actuar como un escudo eficaz. Nuestras autoridades deben liderar esta alerta crítica con anticipación, rigor y recursos. Esperar a que el riesgo sea inminente en nuestras calles ya no es una opción; la seguridad de los ceutíes se defiende adelantándose al virus.
