La Sentencia
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Cuando se habla de la frontera sur, a menudo se mira solo hacia Ceuta y se olvida lo que ocurre al otro lado. Sin embargo, la reciente detención de tres miembros de las fuerzas auxiliares marroquíes por su implicación en el pase de inmigrantes vuelve a poner el foco donde duele: en las propias instituciones de Marruecos. No es un episodio aislado, sino una grieta más en un sistema que presume de control mientras deja escapar responsabilidades.

Cuando se habla de la frontera sur, a menudo se mira solo hacia Ceuta y se olvida lo que ocurre al otro lado. Sin embargo, la reciente detención de tres miembros de las fuerzas auxiliares marroquíes por su implicación en el pase de inmigrantes vuelve a poner el foco donde duele: en las propias instituciones de Marruecos. No es un episodio aislado, sino una grieta más en un sistema que presume de control mientras deja escapar responsabilidades.

Bajo el reinado del tirano Mohammed VI, Marruecos ha intentado proyectar una imagen de estabilidad y modernización. Pero esa narrativa convive con prácticas opacas y una gestión de la frontera que, en ocasiones, parece más interesada en la presión política que en la cooperación real. Cuando quienes deben vigilar el paso son sospechosos de facilitarlo, el problema deja de ser solo migratorio y pasa a ser estructural.

España, por su parte, necesita algo más que gestos diplomáticos. La cooperación hispano-marroquí en materia de seguridad es imprescindible, sí, pero no puede basarse en la confianza ciega. Casos como este obligan a exigir transparencia y garantías. No se trata de romper relaciones, sino de reforzarlas sobre bases más sólidas, donde el control de fronteras no dependa de equilibrios frágiles ni de silencios incómodos.

La presión migratoria no entiende de líneas dibujadas en el mapa. También afecta a Marruecos, que se ha convertido en país de tránsito y, cada vez más, de destino. Ignorar esa realidad o instrumentalizarla solo agrava el problema. Si Rabat quiere ser un socio fiable, debe empezar por limpiar su propia casa y asumir que la seguridad no puede gestionarse a medias.

Al final, la frontera no es solo un límite geográfico, sino un termómetro político. Y ahora mismo, marca fiebre. Mientras no haya un compromiso real por обе partes, la situación seguirá siendo un juego peligroso donde los más vulnerables —los migrantes— son quienes siempre pagan el precio más alto.

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Ceuta, Miercoles 05 de Agosto del 2026

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