Hay personas que ocupan un puesto de trabajo y hay personas que dejan una huella. Francisco Muñoz Dick, nuestro querido Curro, pertenecía a este segundo grupo. Su marcha deja un vacío difícil de explicar con palabras porque no se mide en expedientes, años de servicio o responsabilidades asumidas. Se mide en abrazos, en conversaciones, en favores hechos sin pedir nada a cambio y en el cariño sincero que sembró a lo largo de toda una vida.

