Hubo un tiempo en que la palabra "hombre" era sinónimo de deber. No se medía por su cartera ni por sus seguidores en redes, sino por su capacidad de sufrir, proteger, construir y morir con la frente en alto. Un tiempo en que el Rey inspiraba temor y amor a partes iguales; en que el General era maestro de hombres, no de PowerPoints; en que los padres legaban a sus hijos no una herencia material, sino un apellido limpio y un ejemplo férreo.
