Hubo un tiempo —no tan lejano— en que las universidades eran catedrales del pensamiento. En ellas se adoraba la verdad como valor supremo, se debatía sin miedo, se discutía con lógica y se discrepaba con respeto. Allí nacieron los grandes nombres que levantaron la civilización occidental: Newton, Aristóteles, Pasteur, Unamuno, Ramón y Cajal, Descartes, Erasmo. Pensadores que no se sometían a dogmas porque su única religión era el conocimiento.
