Desde la perspectiva de un paleolibertario minarquista, donde el individuo soberano es el eje de toda acción política y el Estado se reduce a guardián de la no agresión y la propiedad privada, el fascismo se revela no como una aberración de la derecha, sino como su antagonista absoluto: una expresión de extrema izquierda disruptiva, anticomunista en su retórica superficial, pero totalitaria en esencia.
