Corría el año 1493 cuando la niña retornaba a aguas españolas de su gesta americana. Cuenta la leyenda que con él venía el onubense Rodrigo de Jerez, que, en sus periplos colombinos, había adquirido una peculiar costumbre que le costaría varios años de privación de libertad. Fumaba. La inaceptable costumbre de exhalar humo por la boca no podía ser presagio de nada bueno, o al menos eso pensaba la inquisición, que lo tildó de “práctica diabólica”. Cuando salió de la cárcel (y esas cárceles no eran los resorts que son ahora), años después, observó estupefacto como la práctica que le llevó a presidio se había convertido en algo habitual. Obviamente no se le ocurrió replicar su pena, pues a la inquisición no se la atacaba. Se la acataba. Que para eso era inquisición, y para eso era santa.

