El buen hacer y el rendimiento de las instituciones de la Administración Pública depende de la relación entre los políticos y el alto funcionariado, a estas dos figuras se les presupone que deben ser profesionales con cualidades como la calidad humana, la compenetración y la empatía. El político como tal, debe tener legitimidad política a la hora de tomar decisiones que vayan encaminadas a la mejora de la Administración Pública. La tecnocratización de las cúpulas políticas siempre han supuesto un error ya que un grupo nutrido de políticos carecen de habilidades para la dirección de ciertos cargos que le son concedidos.

