Como si de una película de terror se tratara o tratase nos encontramos en estos momentos, bien podría titularse Guerra Mundial Z, solo que en lugar de zombis, ahora el que nos ataca es un bicho invisible.
Como si de una película de terror se tratara o tratase nos encontramos en estos momentos, bien podría titularse Guerra Mundial Z, solo que en lugar de zombis, ahora el que nos ataca es un bicho invisible.
Ahora solo tenemos un objetivo prioritario y para alcanzarlo un único camino. Hay que derrotar al virus para salvar vidas, pero solo será posible si lo hacemos juntos, pues es el único modo de derrotarlo, donde la reducción de la movilidad al máximo será fundamental. De no hacerlo sí la victoria será suya y los derrotados seremos nosotros.
La pandemia de 1918 de influenza, conocida como la gripe española, arrasó en todo el mundo, en lo que todavía se considera como uno de los brotes de enfermedad más mortales registrados en la tierra, se estimó que alrededor de 500 millones de personas, un tercio de la población mundial, padeció esta pandemia, la cual apareció en la Primera Guerra Mundial; su detonante fue la propagación en espacios reducidos y cerrados, por movimientos masivos de tropas que hicieron que se propagara este virus.
El de Portoplano, aquella mañana, como tantas, cientos y miles de lo largo de su existencia, le surgían más preguntas y respuestas que soluciones a multitud de cuestiones, cuestiones pequeñas y medianas y grandes, cuestiones de un color o de otro. Eso es y eso había sido siempre, además de su particular juicio sobre si mismo, además de ser como todo ser viviente, un ser semejante a todos, además de todo ello, era un mortal que observaba y repensaba. Ni más, ni menos.
Lo habíamos dejado en que nos encontrábamos de nuevo ante el enfrentamiento entre dos concepciones diferentes de entender la vida. En un, supuesto, choque cultural entre los países del norte y del sur de Europa. Entre la cultura mediterráneas y la bárbara. Entre ricos y pobres.