No es exageración decir que nuestras viviendas de titularidad pública están cayéndose a pedazos. Fachadas agrietadas, humedades que parecen eternas, ascensores que no funcionan y zonas comunes que dan pena… así viven muchas familias mientras el Ejecutivo local sigue mirando hacia otro lado. No estamos hablando de detalles menores: hablamos de edificios enteros abandonados.
