En política, como en la vida, hay quienes creen que un buen elogio es una promesa de futuro. Esa figura cercana al poder, que siempre sonríe ante las palabras halagadoras del que manda, termina convencida de que algún día podrá ocupar el mismo lugar. Se siente indispensable, casi eterno, sin darse cuenta de que la confianza que cree tener es, a veces, solo un espejismo.
