Cuando se corta la ruta, no debería cortarse la atención sanitaria. Y, sin embargo, cada vez que el tiempo se tuerce, vuelve la misma sensación amarga: la salud parece depender del parte meteorológico. No hablamos de enfadarnos con el temporal —eso no lo controla nadie—, sino de algo mucho más serio: la ausencia de planes B claros y estables para garantizar la continuidad asistencial.
Cuando se corta la ruta, no debería cortarse la atención sanitaria. Y, sin embargo, cada vez que el tiempo se tuerce, vuelve la misma sensación amarga: la salud parece depender del parte meteorológico. No hablamos de enfadarnos con el temporal —eso no lo controla nadie—, sino de algo mucho más serio: la ausencia de planes B claros y estables para garantizar la continuidad asistencial.
Hay pacientes que no pueden esperar a que amaine el viento o se despeje el cielo. Personas en tratamiento oncológico, por ejemplo, que necesitan radioterapia o derivaciones fuera y que, durante el aislamiento, se quedaron literalmente bloqueadas, sin poder desplazarse a la península. Para ellos, cada día cuenta, y perder una sesión no es un simple contratiempo logístico: es un riesgo real para su salud.
La imagen del helicóptero llegando tarde a una evacuación sanitaria duele especialmente. No por señalar a quienes trabajan contrarreloj, sino porque evidencia que algo falla antes, mucho antes. La improvisación no puede ser la norma cuando hablamos de vidas humanas. La previsión no es un lujo; es una obligación.
Hace falta más planificación, más coordinación y protocolos que no dependan de decisiones de última hora. Si sabemos que el aislamiento es una posibilidad recurrente, también deberíamos tener respuestas preparadas. Porque la sanidad pública debe ser fuerte precisamente en los momentos difíciles. Y porque, pase lo que pase con el tiempo, la salud no debería quedarse nunca en tierra.
