La obra de Hadu ha acabado convertida en un monumento al malestar. Lo que debía ser una actuación para mejorar la zona se ha transformado en un foco constante de quejas, hartazgo y tensión. Vecinos, comerciantes y hasta quienes participan en la ejecución de los trabajos coinciden en algo esencial: aquí no solo falla la obra, falla la manera de dirigirla.
