La sanidad pública está empezando a parecerse a esas colas interminables que todos hemos sufrido alguna vez: avanzan despacio, desesperan y nadie sabe muy bien por qué van tan lentas. Gobiernos y comunidades autónomas se pasan la pelota mientras las listas de espera crecen sin freno. Y lo peor no es solo el tiempo, sino la sensación de abandono que cala en quienes dependen de un sistema que debería ser uno de los pilares más sólidos del país.