Las palabras de Pedro Sánchez llamando a “defender la democracia” frente a guerras y desigualdad suenan bien, incluso necesarias. Pero el problema no está en el discurso, sino en la coherencia. Porque no basta con invocar grandes principios si luego la práctica política va en dirección contraria.
Resulta difícil tomarse en serio ese llamamiento cuando el propio Gobierno ha abusado del decreto ley como vía habitual para sacar adelante medidas, esquivando en muchas ocasiones un debate parlamentario más profundo. Gobernar así puede ser legal, sí, pero distorsiona el equilibrio institucional y reduce el papel de las Cortes a un mero trámite.
Tampoco ayuda la forma en que se han gestionado los apoyos para mantenerse en el poder. Pactar es parte del juego democrático, pero hacerlo a cualquier precio genera dudas legítimas. Cuando esos acuerdos implican cesiones controvertidas o contradicen compromisos previos, la sensación no es de fortalecimiento democrático, sino de oportunismo político.
Por eso, cuando se habla de “no basta con resistir, hay que proponer”, la frase queda vacía si no va acompañada de una forma de gobernar más respetuosa con las reglas del juego y con la confianza de los ciudadanos. La democracia no se defiende solo con palabras grandilocuentes, sino con hechos consistentes.
Al final, la credibilidad lo es todo. Y en política, especialmente cuando se apela a valores tan fundamentales, las contradicciones pesan más que cualquier discurso bien construido.