Que Pedro Sánchez piense en recibir a Carles Puigdemont en Moncloa, y encima con foto incluida, es la prueba más clara de hasta dónde está dispuesto a llegar para mantenerse en el poder. Marzo o abril, dice él, como si eso de “sentarse con los fugados de la justicia” fuera un trámite más en la agenda del presidente. Lo triste no es solo la propuesta, sino que Sánchez parece creer que una foto puede borrar la gravedad de la traición que representa Puigdemont para la legalidad española.
