La discusión sobre el reparto de menores migrantes no acompañados vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: cuando se trata de infancia, la política debería bajar el tono y subir la responsabilidad. El mecanismo impulsado por el Gobierno no es un capricho, sino una respuesta a una situación que sigue siendo excepcional. Y mientras esa excepcionalidad persista, mirar hacia otro lado no parece una opción muy defendible.
