Es triste y vergonzoso ver cómo un centro educativo puede convertirse en el reflejo más crudo de la dejadez de quienes gobiernan. El CEIP Ramón y Cajal no es un caso aislado; es el ejemplo palpable de cómo la inacción y la falta de planificación pueden afectar directamente a la infancia. Lo que vemos hoy no es fruto del azar: es consecuencia de años de promesas incumplidas y presupuestos que nunca llegan a donde deberían.
Es triste y vergonzoso ver cómo un centro educativo puede convertirse en el reflejo más crudo de la dejadez de quienes gobiernan. El CEIP Ramón y Cajal no es un caso aislado; es el ejemplo palpable de cómo la inacción y la falta de planificación pueden afectar directamente a la infancia. Lo que vemos hoy no es fruto del azar: es consecuencia de años de promesas incumplidas y presupuestos que nunca llegan a donde deberían.
No se trata solo de arreglar una gotera o pintar un aula: hablamos de garantizar un espacio seguro y digno para aprender. Que el equipo directivo del colegio haya tenido que enviar más de cien solicitudes para que se acometan obras que son urgentes y necesarias dice mucho sobre las prioridades de quienes gestionan la ciudad. Cada demora es un riesgo, y cada excusa, un bochorno que no debería repetirse.
Es especialmente preocupante que la atención se centre más en la apariencia política que en la realidad del día a día. Mientras se habla de Educación como “el mejor ascensor social”, se descuida el mantenimiento básico de los centros, castigando a los niños y niñas de barrios que parecen quedar fuera del radar de la Ciudad. La hipocresía se hace evidente cuando se pondera la Educación en discursos y se ignora en la práctica.
El problema no es nuevo y no es menor. Es responsabilidad de la Ciudad cuidar y mantener lo que es suyo: los colegios públicos. Ignorarlo, dejar que la infraestructura se deteriore y pretender que todo siga funcionando como si nada pasara es irresponsable y peligroso. Lo que sucede en Ramón y Cajal podría haberse evitado, y lo que sucede hoy debería servirnos de alerta y de lección.
Si algo tiene que quedar claro es que los niños no pueden pagar las consecuencias de la negligencia de los adultos. Cada aula en mal estado es un recordatorio silencioso de que la gestión pública exige compromiso y previsión. La Educación merece más que discursos; merece acción inmediata y eficaz.




