Cuando la política se convierte en un escenario de sombras y ocultaciones, la confianza ciudadana se evapora. El caso del supuesto borrado de mensajes atribuido a García Ortiz no es solo un escándalo más, sino un síntoma del deterioro ético que parece instalarse cómodamente en ciertas esferas del poder. Que algo tan grave sea portada en todos los medios nacionales no sorprende, pero sí indigna. Estamos ante un episodio que pone en duda no solo las acciones de una persona, sino también los valores que deberían regir la vida pública.