Lo que prometía ser una protesta legítima contra los bombardeos en Gaza se convirtió en un auténtico paripé en alta mar. La llamada flotilla que zarpó con ínfulas de héroes terminó siendo un crucero de baile y fotos, un espectáculo más cercano a la verbena que a la solidaridad internacional. Y lo más grave: cuando la diversión acabó, quien tuvo que abrir la cartera fue el Gobierno de España, pagando el regreso de estos aventureros.
